Le pedí a Carmen que me dejara afanarle alguno de sus microrrelatos para inaugurar esta sección de invitados en las que dejarán su firma autores consagrados y los que tratan de abrirse camino. Se lo pedí y, a regañadientes, accedió.
Su blog, divertido y sugerente, lo pueden encontrar
en este enlace.
Garrido
Garrido era una leyenda en el tercio. Pequeño y flaco, lucía en el brazo un "Amor de madre" y en el pecho a Jesús Cautivo. Andaba siempre amorrado a una petaquita que suponíamos llena de ginebra, y olía a chocolate que daba gloria. Callado sin resultar hostil, emanaba peligro. Como decía Nadal, "poco cuerpo para tanta mala leche". Nadal era un chulo y un bocas y una noche le birló la petaquita y se echó un buche. Soltó una risotada: "¡Coño, té de jazmín! ¡Será maricona!". Garrido no dijo nada. La mañana siguiente encontramos a Nadal descalabrado en las duchas.
El hombre con música
Le veía y el corazón se me ponía a contar bajito (un, dos, TRES, cuatro, cinco, SEIS...) pero no me dí cuenta de lo que pasaba hasta que los tiempos (... siete, OCHO, nueve, DIEZ, un DOS...) acallaron a Wagner, la ópera, a Satie, la música tradicional, los 60, e incluso al clarinete de Sidney Bechet. Claro que entonces el corazón ya me sabía latir sin contar.
Yo le quería por alegrías y caracoles, pero para él la vida era una soleá. Me susurraba que bailara para él y yo me convertía en guajira y me movía para sus manos, deseando que me acariciaran como tocaba a su guitarra, que se callaba cuando jugábamos a amarnos por bulerías. A veces discutíamos por tangos, pero poco. Tocamos casi todos los palos y siempre íbamos a compás. Pero poco a poco la vida se le volvió martinete y no hubo lugar para mi acompañamiento. Me quité los zapatos y me fui en silencio. Wagner, la ópera, Satie, la música tradicional, los 60... volvieron a acogerme sin resentimiento. Durante un tiempo no pude escuchar flamenco sin que el corazón se desbocara y llorase intentando contar (un, dos, TRES...) de nuevo. Menos mal que el jazz lo cura todo.