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DeEscritores.com: blog de Gabriel Ramírez

Escuela De Letras

El escritor quiere escribir su mentira
y escribe su verdad.
Ramón Gómez de la Serna

Enlace permanente Nuevas voces (Luis Montero)


Por: Gabriel Ramírez
Categoría: Diario | Comentarios Comentarios [] | 08 Dec 2009   12:09:36
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Cualquiera que se ponga frente a un papel en blanco puede escribir una novela. Cualquier novela, claro (tome el lector esta expresión como algo absolutamente despectivo). La correlación en literatura suele ser perfecta. Si uno es cualquiera, la novela escrita por él es una más, del montón. Por el contrario, si el autor se diferencia de los demás por alguna razón, su novela conservará esa característica frente al resto de obras.
Dicho de otra forma, el que no tiene las capacidades propias de un escritor no puede conseguir una novela solvente.
He leído la novela de Luis Montero, “Artrópodos” (Grupo Ajec, 152 páginas, 10 €), aprovechando estos días de fiesta. No sabía a lo que me enfrentaba. Tan sólo conocía los textos que el autor publica en su blog “0,23”. Eso lo hago a diario. Pues bien, me he encontrado con una obra gamberra, muy divertida, fácil de leer y, por tanto, accesible a cualquier tipo de lector. No es la mejor novela de este siglo. Si dijera algo así estaría exagerando. Pero creo que tampoco trata de serlo y es esto una de las grandes virtudes de “Artrópodos”. Montero sabe lo que tiene entre manos y el objetivo más que claro. No es la mejor novela del siglo, pero alborota, como otras nuevas voces, el panorama editorial, desordenando ese “mar de fondo” que se impuso hace ya demasiado tiempo en la narrativa española. Parece que uno lee una novela y ya ha leído todas.
Pero, también, me he encontrado con una novela extraordinariamente inteligente y, en algunas zonas expositivas (escasas para mi gusto) una filosofía más que interesante. Una pena que montero no explorase más ese territorio.
Otra pena es que la edición no esté lo cuidada que debería estar. Excesivas erratas (algunas de bulto). Incomprensible.
Tenía muchas ganas de leer esta novela. Ahora tengo muchas ganas de que la lean los demás. Un libro del siglo XXI que dice mucho y bien, pero que "no dice" más y mejor. Sería un error del lector quedarse en el cascarón, en la parte simpática y divertida de la obra, sin traspasar la línea que lleva a lo importante, al mundo que el autor nos presenta. Eso sí, lleno de bichitos repugnantes.
Si son capaces de encontrarlo en una librería (misión imposible dado que la distribución parece que haya sido un auténtico desastre) no dejen de llevarse un ejemplar a casa. Porque Montero ha resultado ser un autor diferente y no ha contado cualquier cosa. Y eso sí que es casi un sueño tal y como están las cosas.


Enlace permanente Lo que cabe en un confeti


Por: Gabriel Ramírez
Categoría: Diario | Comentarios Comentarios [] | 19 Aug 2009   19:50:39
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Algunos autores se empeñan en contar todo al escribir. No dejan un solo detalle sin narrar, un solo gesto. No eliminan una mínima parte de un diálogo que mantengan sus personajes durante la acción.
Esto que puede parecer una ventaja para el lector o un trabajo inmaculado del escritor no deja de ser un error que sólo los principiantes o los malos escritores cometen cada día. En el caso de los que quieren ser escritores suele ser un síntoma claro de inseguridad. Aún no comprenden que el lector es mucho más listo de lo que solemos creer y muy capaz de rellenar con solvencia esas zonas en las que el narrador se inhibe o no quiere contar por parecerle innecesario, irrelevante o mucho más significativo el silencio (digo el narrador y no el escritor porque no son lo mismo). En el caso de los escritores malos, aún sabiendo que el lector es un ser que está a su altura (la soberbia de algunos autores es lamentable y cercana al ridículo) el recurso de extenderse para relatar hasta el último detalle viene del miedo a sí mismo y al crítico que pueda decir “quedan demasiadas cosas sin decir”. Un mal crítico, claro. Pero sobre todo se debe a la incapacidad técnica para lograr un efecto que debería conseguir con una frase y que, sin embargo, lo ha de alargar un párrafo o una página entera.
Si una novela comenzara diciendo “Se despidieron. Veinte años después era capaz de recordar el sabor de sus labios. Su mujer esperaba en la habitación. Pensó que de ella no recordaba apenas el color de ojos”, ¿sería necesario narrar los veinte años que separan un beso del momento actual? ¿Acaso no sabemos que el personaje dejó atrás a la mujer de su vida y eso le marcó para siempre? Creo que es del todo innecesario. Y creo que no narrar (en este caso) es la mejor forma de hacerlo.
Y, sin embargo, las mesas de las librerías están llenas de novelas que alcanzan novecientas páginas cuando podrían ocupar cincuenta o sesenta, que se venden como churros no sé porqué extraña razón. Y lo peor de todo es que existen escritores estupendos, con una narrativa poderosa, que no son capaces de publicar sus obras para que los de siempre sigan publicando sin ton ni son (aunque escriban una estupidez o aunque extiendan cuatrocientas páginas lo que podrían decir en un confeti).
El lector no es tonto, pero empiezo a pensar que le sobra tiempo o dinero. Cosas valiosas ambas. O que yo me estoy volviendo loco. Cosa que también empiezo a valorar mucho. Pero mucho.


Enlace permanente Palabras huecas


Por: Gabriel Ramírez
Categoría: Diario | Comentarios Comentarios [] | 19 Jul 2009   13:40:26
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Los dedos de los pies ya no nos sirven. Se han ido atrofiando siglo tras siglo, sin remedio. A algunas palabras les pasa lo mismo. Se deshacen con lentitud, también sin remedio. Los dedos no se usan para casi nada y pierden su valor; esas palabras se utilizan más de la cuenta, las vaciamos usándolas sin ton ni son. Es el desgaste de lo cotidiano, del uso irreflexivo por parte del que las pronuncia. Suelen ser las más grandes de todas, aquellas a las que añadimos un buen puñado de usos que hacen más cómoda la comunicación, esas que utilizamos mecánicamente sumándolas adjetivos y adverbios sin reparar en lo que hacemos. Queremos decir más y decimos menos. “Te quiero mucho” será siempre menos que un simple “te quiero”. Pero es igual porque la torpeza colectiva no se castiga. Decimos y decimos sin pararnos un solo instante, escuchamos y escuchamos sin recapacitar sobre lo que nos dicen. Los jóvenes heredan esas palabras huecas y se revuelven nerviosos. Saben que poco pueden hacer con ellas. E inventan. Ellos saben que decir al perro “te quiero mucho” es casi lo mismo que decírselo a un primer amor. Por lo menos se dice con la misma naturalidad. E inventan. Tan sólo lo puede cambiar una mirada o una caricia. “Me molas” quizás esté más lleno de sentido. Para ellos, no para los que estamos acomodados entre un lenguaje falto de reflexión, carente del sentido con el que se construyó. Ni entendemos la jerga de los jóvenes, ni entendemos la necesidad que les lleva a sustituir una palabra rota por otra, ni el uso de un pantalón lleno de agujeros. No llegamos a comprender casi nada aunque cuando nos miramos en el espejo creemos ver al chaval de veinte años que hemos sido hace un instante. Y de paso, estamos dejando de entendernos entre los adultos porque las que usamos, hace algún tiempo, significaban mucho y, ahora, se deshacen entre adornos que convierten las palabras en baratijas. Y es que no sabemos ni lo que decimos.


Enlace permanente Novela y matemáticas


Por: Gabriel Ramírez
Categoría: Diario | Comentarios Comentarios [] | 07 Jun 2009   20:52:16
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Lo que es un hombre o una mujer interesante puede que no tenga ningún atractivo. Saber qué es exactamente, qué significa ser interesante, toma importancia, como todo, de lo necesario, de lo que logre acercar a lo real. Y de su utilidad.
Hace unos días planteaba esa cuestión a mis alumnos del Liceo Europeo. Tengo por costumbre no confesar el objetivo de mis clases para que sean ellos los que se topen con él. Lo único que pregunté fue: ¿qué es un hombre o una mujer interesante?
Después de los primeros acercamientos (un hombre guapo, alguien con el que se pueda hablar de cualquier cosa, el que guarda un misterio que jamás enseña o el que mira sin que le puedas adivinar el pensamiento) fuimos avanzando hasta que llegamos a un par de conclusiones. Un hombre interesante es el que encuentras siempre un paso más allá por su capacidad de sorpresa y por una reflexión siempre más profunda que la tuya. La mujer interesante es una persona inteligente. Si los hombres se fijan en una dama y no es eso lo que ven (la inteligencia) dirán que está muy buena, nunca que es interesante.
Vale. Lo de menos es si las conclusiones eran las más acertadas o profundas. Son chicos y chicas de once años en adelante. Los mayores llegan a los dieciséis.
Lo importante era (como hacemos de forma habitual) pensar sobre lo que decimos y averiguar para qué sirve profundizar en aspectos cotidianos. Eso y cómo influye en el proceso creativo al escribir.
A veces un personaje demanda estar acompañado de otro que tenga unas cualidades determinadas. Por ejemplo, por alguien que sea muy interesante. Y si no tenemos claro lo que es, estamos perdidos. Si queremos perfilar un personaje interesante y nos sale un cretino vestido con trajes hechos a medida, el relato no funcionará en la vida. Porque el relato es personaje en la novela actual.
Escribir requiere un planteamiento anterior. Por qué, para qué y cómo. A pesar de todo, nos podemos encontrar con obstáculos inesperados cuando la trama avanza por caminos que no teníamos previstos. Y debemos estar preparados para resolver lo que nos toque. En definitiva, un escritor ha de saber de todo, tiene la obligación de pensar sobre el mundo. Mirar y pensar. Mirar y pensar. Sin descanso. Así se consigue, posiblemente, impostar una voz femenina en el caso de los escritores o al contrario.
Es casi una cuestión matemática. Si nuestro personaje necesita X hay que darle eso y no otra cosa. No algo que se parezca. No. Sólo sirve arrimarle esa X. Novela es igual a X más Y. Novela = X + Y. Sabiendo lo que es cada cosa el relato se desarrollará con más facilidad. Si alguno de los términos es difuso, está mal diseñado o falta, el resultado será que estamos escribiendo otra cosa diferente a lo deseado. La suma de las incógnitas (que iremos desvelando frase a frase) dará como resultado un texto coherente en sí mismo. Ya sé que la ecuación puede ser mucho compleja, pero, como ejemplo, creo que puede servir.
Y todo se llenó de sentido. Al escribir toda la experiencia toma sentido.
Ese era el objetivo último de mi clase.
Ahora saben que el día que definan lo que es un hombre o una mujer interesante tendrán una parcela enana del mundo algo más clara, que lo entenderán de otra forma y su escritura evolucionará porque lo hace su cosmos. Sólo eso. Todo eso.


Enlace permanente ¿Por qué leemos? (y II)


Por: Gabriel Ramírez
Categoría: Diario | Comentarios Comentarios [] | 24 May 2009   10:37:18
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La lectura de algunos libros marcan definitivamente, orientan el pensamiento y la mirada del lector hacia territorios poco frecuentados antes de producirse esa lectura.
Una de mis alumnas más jovencitas acaba de terminar la novela “Mientras agonizo” de William Faulkner. Me decía: ¿Cómo es posible que un mundo tan repugnante como el que se pinta en la novela pueda parecerte reconocible? Es como si ya hubiera estado allí, muchas veces. Y, sin embargo, no tiene nada que ver con mi vida. Es lo mismo que sufrir de vértigo. La caída parece arrastrarte, es como si te llamara y tú no pudieras resistirte a acudir sabiendo lo que te espera. Y lo que te espera es el horror y la muerte.
Siempre he pensado que el lector lo que quiere es conocer y reconocer su propio horror y su propia muerte en la de otros. Sería más exacto decir “en otros”. Es verdad que puede ocurrir lo mismo con la diversión y el amor. La diferencia es que eso podemos conocerlo y reconocerlo en una sala de fiestas. Hay más opciones.
Una lectura que se limite a una opinión sobre lo bien escrita que está la novela es una lectura estéril porque el que nos cuenta pone a nuestro alcance mucho más que un alarde retórico o estilístico, mucho más que una sucesión de divertidas o espantosas anécdotas que sirven para entretener el pensamiento con milongas. Lo que se pone enfrente del lector al escribir ha de ser una representación de la realidad que se incorpore a la del individuo. Eso se toma o se deja. No caben opiniones. Otra cosa es que, más tarde, las personas que necesitan vivir de ello, analicen las obras y nos lo cuenten en un ensayo que puede ser de lo más interesante aunque no podrá aportar ni un ápice a la experiencia que produjo esa lectura y que nos conmocionó.
¿Hay algo más divertido que tener una experiencia que nos modifique la forma de pensar aunque sea sobre la muerte propia? Desde luego leer una patraña sobre Leonardo y la Iglesia no lo es. Mirar la televisión tampoco.
Cuando abrimos una novela vivimos en otros nuestra propia experiencia (si no la hemos tenido la descubrimos y la sumamos de forma vicaria). Sea cual sea. Y esa es una de las razones por la que una persona dedica buena parte de su tiempo a leer.
Y debe ser este uno de los motivos por los que desconfío de la crítica que se viene realizando en los últimos tiempos. Mucho tecnicismo, mucho lenguaje por aquí y por allá aunque poca experiencia vital. Es más, son pocos, poquísimos, los críticos que hacen referencia al tema de la novela por incapaces. Sí se manejan bien con los vehículos que se utilizan en la narración para llegar a ese lugar que nunca aparece, me temo que por desconocerlo. Pero del “cogollo”, de la esencia de la narración casi nada. Sin embargo, el lector (sin reconocer la razón y ni falta que hace porque no le pagan un solo céntimo por ello), el lector, decía, sí llega a esos territorios porque modifican parte de su ser. Sin tecnicismos, sin grandes habilidades para la escritura. Pero con toda la vida por delante para experimentar lo que nunca ha conocido.





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